Cómo hacer para tener status

Cómo hacer para tener status

Sabemos trabajar, pero no sabemos descansar. Por eso tenemos hijos tan desasosegados. ¿Y por qué trabajamos? ¿Para sobrevivir? Eso en primera instancia, y por apariencia. Pero a menudo, cuando ya sobrevivimos holgadamente, seguimos trabajando de sol a sol y huimos de cualquier auténtico descanso. ¿Por qué?
—¡Por el status!
—¡Esa es la finalidad de nuestra existencia!
—Status, ser superior, ser bien visto, ser mirado y admirado y envidiado.
—¡Por eso nos desvivimos!
No se moleste en contarle a su hija. Ella se dio cuenta desde que se le cayó el chupete y no volvió a recogerlo.
Esa es la palabra clave, el ser y la esencia de nuestro devenir temporal, el sueño preferido de las noches de desvelo, STATUS.
¡Ay, qué no daría yo por un poco de status! De chico me decían que en la vida hay que tener cultura. Años después empecé a oír nuevas voces.
—¿Cultura? No está mal, no —opinaban los expertos—. Pero lo importante es llegar a ser alguien.
—Y ¿cómo se llega a ser alguien? —pregunté yo en la plenitud de mi inocencia.
—Ganando mucha plata —me dijeron.
Después supe que el atesoramiento de dinero, en sí, no era una finalidad. Era tan sólo un medio para llegar a ser alguien. Es decir para obtener status.
¿Qué es el status? Es una palabra latina que no figura en las obras completas de Virgilio, según los estudios por mí realizados, pero que es capital en el mundo actual.
Significa la dignidad que te dan ciertos elementos en la existencia, como ser el lugar donde pasas tus vacaciones, el auto que tanto cuidas para que no tenga un rayón, la marca de la ropa que usas, el chalecito y el lugar donde está ubicado y el círculo de amigos con quienes te codeas.
Los que tienen status huyen constantemente de los que no lo tienen y que los persiguen. Porque el que tiene status tiene un lugar muy reservado en el universo, un apartado, por así decir, y lo caracteriza cierta finura como la pátina que caracteriza a ciertos cuadros de famosos museos.
Entonces huyen de los de abajo, pobrecitos, desesperados por alcanzar a los de arriba. Huyen a playas que nadie conoce, pero que los fotógrafos de revistas especializadas conocen.
Para disimular viajan en autos del año 30, para pasar inadvertidos. Se ajustan unos jeans desvencijados, pero entre ellos, entre los del mismo status, saben reconocer la calidad y la distinción de esa indumentaria.
En fin, yo me resigné. Nunca tendré status. Tendré libros, esposa, hijos, playas, montañas y hasta jugaré al golf algún día, porque me lo tengo prometido, pero… Sospecho que el status, a medida que yo me le acerco, me rehúye.
De todos modos, si no alcanzo a entrar en la primera, digo yo, entremos en la segunda o, en fin, en la tercera… Ya estoy usando prendas de Cacharel, corbatas con diseños búlgaros y zapatillas de onda.
¿Se acuerdan de Ricardo III, de Shakespeare? Famosa es la escena en la que el rey está combatiendo contra sus enemigos y pierde su caballo y, entonces, desesperado grita:
—Un caballo, un caballo, ¡mi reino por un caballo! Un humorista llamado Scholem Aleijem decía:
—Hay que empeñar todo lo que uno tiene, hipotecar todas las propiedades, ¡todo para llegar a ser rico!
—¡Mi reino por una parcela de status!
—Venderlo todo, empeñarlo todo, hipotecarlo todo, mi biblioteca, mis discos, mis reproducciones de Rembrandt, para llegar a tener un pedacito de status.
La gente es capaz de sacrificar su vida, para tener un poco de satisfacción en la vida!
¿A quién, a qué persona bien nacida, bien educada y bien pensada, no le gustaría vivir en un chalet, con jardín y sobre todo con jardinero, más la correspondiente piscina, el huerto y al final el asador donde los huéspedes se servirán, directamente, las achuras?
Entre estos delirios y quimeras se crían nuestros hijos, a quienes damos todo lo que podemos dar, pero también les damos este sueño fanático de status y de falsos valores, en definitiva.
No porque yo me oponga al bienestar, a la riqueza, al prado verde, a la piscina con olor a asado. Al contrario, siempre busco amigos que dispongan de todos esos bienes. Mis amigos, en principio, todos tienen auto. Y teléfono celular, por supuesto.
Sería necio despreciar las hermosuras de la existencia. Pero también digo que es mucho más necio que te mates por alcanzar ese ideal. No es un ideal. Puede ser un objetivo, pero no un ideal.
Marbella seguramente ha de ser fascinante, pero es un medio para mi enriquecimiento, no es un fin. Porque, te cuento: cada vez que voy a Marbella, a la playa nudista, me despojo de todo, pero sólo de mí mismo soy incapaz de despojarme.
El drama es que adonde uno vaya siempre se lleva a sí mismo. Si uno pudiera dejarse en casa sería otra cosa. Pero no puede. Se lleva a cuestas adonde vaya, al Kilimanjaro o a Saint Martin.
El ser es interior. El exterior puede ayudar a pasar el rato, a divertirse, pero no te modifica.
Ahora, si estás bien y vas a un hermoso lugar, a un hotel cinco estrellas, y te regalas con cielo y mar, o Alpes y apfel-strudel, estás realizando un buen plan de vida.
Todo lo exterior es medio, no es fin.
El fin soy yo, eres tú, hijo, hija. No confundamos medios con fines. No porque tengas las últimas zapatillas aparecidas en el mercado serás más veloz de mente, de sentimientos, de crecimiento. Son un adorno, y no satisfacen ninguna necesidad profunda. Ahora que ya lo sabes, toma la plata y cómpralas…
En eso consiste justamente la crisis contemporánea de la que tan a menudo se habla. En que sólo hay medios, zapatillas, aparatos, costas, montañas, esquíes, surf y modelos susurrantes. ¿Estamos para eso?