El primer límite
No hay hijos si los padres se borronean.
Tampoco hay juventud si los mayores se disfrazan de menores y además de la apariencia exterior, de piel lisa, de músculos lozanos, de aerobismo diurno y nocturno en recintos de música heavy, además de todo eso se creen realmente idénticos a sus hijos.
Ese límite, el de la edad, es el primero a restaurar.
¿Quién se opone a la apariencia hermosa, fresca, juvenil, rozagante? ¿Tan lejos he de llegar yo arrastrado por mi envidia porque no hago fierros y permito que mi abdomen se relaje y que el entorno de los ojos se vuelva traidora señal del tiempo transcurrido?
¿Tan lejos he de llegar que me opondré al jogging redentor y al walkman estremecedor en plena rutina de cuerpos rutilantes a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta años, y de ahí a la eternidad en pos de una adolescencia que nunca se acaba?
No, no he de ser tan necio. La envidia, sí, me carcome. Pero debo controlarla. Me lo recomiendan en el diván y yo pago por esa recomendación. Debo respetarla.
En cambio digo que esos años que uno tiene, y que en la foto no se notan, están, y bien que están, y funcionan por dentro en arterias, cerebro, sensibilidad.
En consecuencia, hablemos claro: Somos, hijo mío, distintos y distantes en el tiempo, y ése es el primer límite de nuestra coexistencia, de tu educación, y no me digas que no te entiendo, porque la verdad es que tampoco me entiendes, y la otra verdad es que no tengo por qué imponerme un entendimiento que no me corresponde, y más aún: no estamos aquí para entendernos y no me aterra ni me da culpa el no entenderte.










