El televisor en el comedor

El televisor en el comedor

Uno dice:
—¿Viste cómo son los chicos de hoy?
Los chicos de hoy, como los de ayer y los de mañana, no son. Alguien los hace, en algún lado se crían, de alguna atmósfera se nutren. Y no es de ellos la atmósfera, es de los otros, de los que los procrearon y los siguen procreando de
una u otra manera.
El inventor de la televisión, el fabricante de los televisores, no obliga a nadie a tener el televisor encima de las cabezas de los que están sentados juntos en el almuerzo o en la cena. Eso lo hacemos nosotros. Eso hacemos a nuestros chicos.
Ni siquiera cuando estamos juntos estamos juntos. En los restaurantes, en los cafés, adonde vamos solos, en pareja o con amigos, tienen miedo de que nos volvamos psicóticos si por un instante dejan de bombardearnos con ruido, con imágenes; entonces nos meten televisores, aparatos, músicas, gritos, noticiarios. El presupuesto parece ser:
a) El grupo o la pareja, donde estén y aunque conversen, se aburren;
b) Debemos salvarles la vida. Que nadie escuche a nadie, así si luego dicen que lo que priva es la incomunicación, sepan a qué se debe;
c) Ergo, démosles ruido, mucho ruido, imágenes, pasatiempos, para que no se sientan tan solos cuando están juntos.
Si tuviera dinero invertiría en un bar o café o restaurante donde cada uno de los clientes fuera obsequiado —en préstamo, claro— con un walkman, un teléfono celular y un minitelevisor para que no se aburra, y para que, al mismo tiempo, cada uno maneje con libertad su propio ruido, su propio aturdimiento.
A los niños, como a los adultos, los hacen los otros, y en particular los otros anónimos, las radios, la publicidad, los programas que se llaman así porque te programan la vida.
No luchemos contra ellos, pero intentemos guardar márgenes de liberación, de autonomía.
Para hablar más claramente: en el café el dueño del café determina qué luz, qué aire, qué música debo yo respirar. Pero en nuestra casa los dueños somos nosotros.
En consecuencia, nadie me obliga a tener el televisor en el comedor. Y si tus hijos te dicen que todos los hijos del barrio y del universo disfrutan comiendo con televisión, puedes decirles:
—Todos, menos nosotros…
Aquí simplemente me doy el gusto de enojarme y de gritar al universo:
—¡Quiten el televisor del comedor!
Úsenlo en la alcoba, si quieren, si se aburren. En el comedor, no.
—¡Detengan en algún punto la marcha del embotamiento!
Comer puede o no ser un placer. ¡Estar juntos es lo único humano que nos queda!
¡Si estamos juntos y sin televisor mediante, en una de ésas hablamos!
¡Y si en una de ésas se habla, en una de ésas nos comunicamos!
¡Y si en una de ésas nos comunicamos, en una de ésas nos sentimos mejor!