Historia de los jeans ajustados
¿Que el orden cambia? ¡Por cierto que cambia! ¡Y cómo! ¡Qué trabajo que me dan estos cambios!
Les cuento:
Entré a comprarme un par de camisetas. No es lo que más me gusta hacer, pero en fin, no sólo de libros vive el hombre.
Me atendió una chica de esas que fluctúan entre los veinte y los treinta, y mientras se quitaba el esmalte de las uñas y mirando a la pared de enfrente, me preguntó:
—¿En qué te puedo ser útil?
Yo me quedé, se imaginan ustedes, petrificado. Primero pensé que me conocía, de alguna conferencia tal vez. Pero luego me dije:
—Ni siquiera me miró, no me vio; en consecuencia, no es que me conoce…
El otro yo, uno de tantos que habitan en mí, dijo:
—Entonces ¿cómo es que te tuteó?
—Bueno, no hay que ponerse así —dijo el yo más joven de todos mis yoes, el más piola, el que está en la movida, el que me recrimina porque no hago pesas, porque no corro en Palermo, porque no asisto a los boliches y sobre todo porque no me visto como la gente.
—No hay que ponerse así —arguyó—, es que hoy todos nos tuteamos.
Tiene razón. Todos nos tuteamos.
Yo le dije a la chica:
—¿Sabes qué? Lo que necesito es un par de camisetas.
Ella miró a la otra pared, pensó unos instantes, seguramente en el novio, y después me trajo la variedad de prendas que tenía.
—Elegí —me dijo o me ordenó, no sé…
Envalentonado, le expresé:
—No, che, ésas son para viejos, a mí dame, ya sabes, bueno…
Me miró algo asombrada. Después me evaluó:
—No tenemos, volvé la semana que viene…
Ya no pude protestar y compré cualquier cosa. Pero la compra era lo de menos.
Iba por la calle —justo llovía— cantando bajo la lluvia e imitando alguno que otro paso de Gene Kelly. Era joven. Me tuteaban. Tuteaba.
En lugar de irme a casa, ingresé en otro negocio y le dije a la vendedora, que debía de ser la prima hermana de la vendedora anterior:
—Jeans, che.
Levantó la vista, como midiéndome, calculándome. Pasó el chicle de un carrillo al otro, hizo un globito, reventó el globito y preguntó:
—¿Ajustados?
—Seguro… —respondí con tono canchero y superjoven.
Me los llevé. Y por suerte llovía y volví a cantar y a bailar bajo la lluvia.
¿Qué más me faltaba? Me compré una gorrita, de esas que vienen con la visera para usarla en la nuca, la última moda.
He de comentarles que los jeans son demasiado ajustados. No obstante suelo usarlos ocasionalmente, a pesar de los riesgos, porque me gusta provocar envidia.










