La trama que nos sostiene

La trama que nos sostiene

Somos hiedra. Totalmente endeble, frágil, delicada. Somos las costumbres que somos, los hábitos, las rutinas comunicativas, los gestos y los gráficos sobre los que inscribimos nuestra creatividad, la novedad de nuestras rebeliones y la negación de los muros establecidos.
La hiedra es el código. La modernidad cumplió la fantástica misión de hacer ver la desnudez interna de tantos muros y tantas fronteras y tantos reinos y autoridades omnipotentes que reprimían la vida y la hundían en fangos de irracionalidad.
Es como arrojar al suelo todas las letras y las palabras de un libro que no sirve más. El libro es la hiedra, y merece nuevo contenido.
Si la hiedra también es arrojada nos quedamos totalmente desnudos, in-comunicados y deberemos encarar la difícil tarea de inventar otra hiedra.
Eso no lo podemos hacer. El tiempo lo hace solo, la tradición, las creencias básicas que nos sostienen son telaraña tejida a través de generaciones.
La telaraña en uno de sus códigos decía “relación de hombre-mujer”, y luego sostenía toda una normativa que resultó ser decadente, absurda y desechable.
Después se arrojó del código los términos hombre-mujer. Queda la relación.
Ahora uno se pregunta, ¿por qué relación?
La hiedra se vino abajo, y detrás de ella el muro se va desgranando en pedazos, y nadie es más feliz.
De eso se trata, no hay que olvidarlo. El proyecto era ser más feliz o más contento o más uno mismo o más auténtico o más libre. Un más positivo y dichoso.
Estamos en el menos y hay que revisar el origen del déficit. Esto no lo harán los economistas. Es tiempo de pensadores.
Los arbustos sueltos siguen creciendo sobre el muro, luchando entre sí, porque son diferentes y, de una u otra manera, heterogéneos, enemigos, y no están dispuestos de ninguna manera a armar un nuevo tapiz. ¿Relación? Ninguna.
Y sin embargo, existo. Pero a diferencia de Descartes, no dudo. Para dudar hay que tener alternativas. Hasta las alternativas se borraron del horizonte.
Estoy haciendo un esfuerzo por ver en este caos de plantas, arbustos, hojas y el muro ya definitivamente inclinado, una imagen referida a algún nuevo sentido.
Por ahora, confieso, me cuesta. Y me duele.