Me pregunto…
Me pregunto cuánta contención podría haber significado la hiedra, ordenada ella, totalmente armonizada y armonizante, para ese amontonamiento de pesados ladrillos, cemento, barro, cal y arena. La pobre hiedra más que belleza de telaraña ecológica no tiene. Y sin embargo, quiero soñar que de esa telaraña dependía el muro. Dicho en otros términos: era parte del muro, la más accidental, la más prescindible, pero parte, y por estética tal vez tenía alguna función especial en la supervivencia del muro.
En realidad la metáfora no vale para ese muro pero sí para los muros que son los continentes de la cultura, de la coexistencia, de eso que llamamos vida y que no alude a la existencia biológica, y que no es lo contrario de muerte, sino más bien lo contrario de sinsentido y de azar desesperado o meramente tedioso.
La hiedra es la conexión semántica donde los fuertes y débiles y fantásticos y arrobadores momentos de la existencia se insertan, como los pedregullos sueltos dentro de algún diseño que luego sería el mosaico.










