Si tienen orejas, oyen

Si tienen orejas, oyen

Por cierto que sí, que si tienen orejas oyen. Es lo más natural del mundo y está demasiado sobreentendido.
O quizá no. No siempre.
De los ídolos, por ejemplo, materia endiosada, está escrito en la Biblia que “tienen ojos pero no ven, tienen orejas pero no oyen…”. Con los humanos también puede ocurrir, cuando caen en trampas de idolización que equivalen a tomar cosas o ideas y transformarlas en definiciones absolutas frente a las cuales uno se arrodilla ciegamente.
En este caso se puede tener orejas y no oír, al estilo del ídolo. Los sonidos pasan de largo. Trátese de Beethoven o de una frase que su compañero le dice y usted simplemente no la registra. Le roza el oído, pero no ingresa dentro de él. Entonces la frase se pierde, y puede que irremediablemente, que nunca regrese, que jamás el otro vuelva a pronunciarla después de la primera frustración.
La presencia de los sentidos, pues, oído, tacto, paladar, vista, etcétera, no garantiza nada sobre los registros que se produzcan en el terreno de esos específicos sentidos.
Pero el título yo no lo extraje de mi imaginación sino de un cuento de J. D. Salinger. En él se relata cómo dos hermanos mayorcitos, uno de ellos Seymour, dormían en una pieza, y al lado en otra habitación estaba la hermanita de diez meses que lloriqueaba, incapaz de conciliar el sueño. ¿Qué se hace con un bebé de diez meses que no duerme?
Hay diversas recetas al respecto practicadas por las amas de casa. Los muchachos apelan a ellas. Primero le dan el biberón, como corresponde. Pero Seymour afirma que la solución no fue eficaz, y que la nena al parecer no tenía hambre. ¿Qué hacer, pues?
“Avanzó (Seymour, de diecisiete años) en la oscuridad hasta los anaqueles y proyectó la luz balanceándola lentamente hacia atrás y hacia adelante. Me senté (dice el hermano, el narrador, entonces de quince años) en la cama.
“—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
“—Creo que voy a leerle algo —contestó Seymour, y tomó un libro.
“—Pero, por favor, si tiene diez meses —dije.
“—Ya lo sé —respondió Seymour—. Tienen orejas. Oyen.”
Me encandiló, en la lectura, esta frase final: “Tienen orejas. Oyen”.
Claro que nosotros, al igual que el hermano menor, el narrador, nos espeluznamos o estamos dispuestos a esbozar una sonrisa ante tamaño quijotismo: ponerse a leerle cuentos a un bebé de diez meses. Absurdo, se diría.
La norma general dice que los niños a esa edad no entienden los cuentos. Sin embargo, según nuestro relato, oyen. Esta apreciación tiene un sabor de profundidad. ¿Qué sentido tiene que Seymour le lea a su hermanita de diez meses complicadas historias? Que oiga. Que se le empapen los oídos. Que desde temprano le vaya penetrando en el alma la gota de la palabra fina, del pensamiento sutil.
Seymour no es tan tonto como para imaginar que su hermanita “comprende”. Pero —dice— tiene orejas, oye.
Y el tiempo le dio la razón a Seymour.
“La historia que Seymour leyó a Franny aquella noche era una de sus favoritas, un cuento taoísta. Franny jura hasta hoy que se acuerda de Seymour leyéndoselo.”
Eso es más absurdo aún. Y sin embargo es cierto. El cuento ese acompañó a Franny toda su vida. Si no su contenido, diría yo, la voz, la sugerencia, la intuición de la palabra que acaricia la piel del bebé y lo empapa espiritualmente, aunque sin contenidos precisos, comprensibles racionalmente.
Lo que recuerda Franny no es el relato sino que “se acuerda de Seymour leyéndoselo”. Y eso vale más que el propio cuento, por cierto.
Eso es amor, y recuerdo de amor. El amor es la actitud, la voluntad, la apuesta y la confianza a favor del oído, del sentido, del sentimiento de tu hijo.