Solamente padres e hijos confrontados son normales

Solamente padres e hijos confrontados son normales

Es normal que tu hijo se rebele contra ti. Es normal que a veces no coincida contigo; es normal que no te comprenda, que no lo comprendas. Es normal porque ustedes son diferentes, seres diferentes y de diferentes edades, y comprender al otro es, a veces, una tarea imposible…
Y además porque tú, de una u otra manera, aunque declares lo contrario, le estás imponiendo tu vida, tu educación, tus maneras, tus límites.
Eso es normal. No puede ser de otra manera. Nace en tu casa, crece en tu casa, en tu sociedad, y le transmites lo que tienes, tu lenguaje, tu moral, tus modales. ¿Qué otra cosa podrías transmitirle?
Al comienzo esa transmisión no puede ser sino de facto, sin democracia, sin parlamento: la niña tiene un año, dos años, tres años, y no está en condiciones de discutir normas y reglas. Corre todo por tu cuenta. Y luego cuando crezca será libre para re-visar las normas que recibió de sus padres, para criticarlas, reemplazarlas o modificarlas.
En todo caso la confrontación requiere un punto de vista, y un punto de vista ha de ser elaborado, pensado.
Por eso es buena la confrontación: ayuda a pensar. Y pensar ayuda a vivir.
La gente dice:
—¿Viste qué rebeldes que son los jóvenes hoy?
Yo les respondo:
—¿Rebeldes? Para ser rebelde hay que oponerse a algo, a alguien, a una idea, a un límite, a una norma, a una pauta. Los padres permisivos no crían hijos rebeldes, sino que producen hijos que directamente ignoran a sus padres y hacen lo que otros les dictan, otros mucho más autoritarios: la sociedad, la televisión, la propaganda, la moda, los otros chicos.
Cuando trato este tema siempre me viene a la memoria una escena de la liturgia de la Pascua hebrea.
La Pascua, sabido es, aunque con diferentes contenidos, es común a judíos y cristianos. La Última Cena de Jesús, tan famosa por el cuadro de Leonardo, es la cena de pascua que Jesús celebra, al modo judaico, con sus discípulos.
En esa cena está sentada la familia en torno a la mesa y se lee un texto que habla de cuatro tipos de hijos: el bueno, el inocente, el ignorante y el malvado.
¿Quién es el malvado? El rebelde. El que se opone a las tradiciones y pregunta:
—¿Qué es esto que ustedes hacen? ¿Qué sentido tiene?
Ese hijo es verídicamente rebelde. Ve un modelo de vida, de rituales, de límites, y está en desacuerdo, y lo expresa.
El que nada ve, el que no encuentra frente a sí modelos de creencia, de vida con sentido, de prácticas compartidas, no es rebelde, no puede serlo, y más bien crecerá con un alto grado de vacío en su identidad.
Si mi hijo se opone a mí por ideas, por adherir a otra corriente de pensamiento, por haber llegado a otros conceptos por los que se hace responsable, me pone triste por la no coincidencia, pero me pone alegre, feliz, muy feliz, porque PIENSA.