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Cuando el nene dice: “Yo hago lo que quiero…”

Cuando el nene dice: “Yo hago lo que quiero…”

Si hablásemos claro con nuestros hijos, previa conversación clara entre nosotros, los padres, implementaríamos un clima de responsabilidad compartida, puesto que nos necesitamos los unos a los otros, y cumpliendo con las normas nos ayudamos a vivir y a realizar mejor nuestras otras libertades, vocaciones, anhelos absolutamente individuales.
Eres individuo contigo mismo y eres persona con los demás. Estos dos ámbitos deben ser reconocidos. Continue reading ‘Cuando el nene dice: “Yo hago lo que quiero…”’

Sistema, poeta, sistema

Sistema, poeta, sistema

Querer es una aventura, es tener miedo de perder, de ser perdido.
La aventura sucede aquí entre nosotros, en los pasos más cotidianos. No hay que ir a la selva ni internarse en territorios desconocidos. ¿Para qué? ¿Conoces algo más desconocido que yo, que yo y tú, que tú, yo, nuestros hijos? ¿Conoces una aventura mayor que un encuentro, aun con gente conocida, y en el cual, aparentemente, nada nuevo ha de suceder?
El orden es el de las normas, las fronteras, los límites; el orden es el sistema de las ideas y de las creencias en que una sociedad crece y sobre las cuales opera en cuanto a los fines de la existencia.
Ortega, no me canso de citarlo, enseñaba que no hay tela genial que no esté enmarcada. El marco no vale nada, pero sin él la tela no puede ser exhibida, disfrutada.
—Los límites, hijo mío, las normas de conducta, no son lo esencial, pero son aquello intrascendente, como el marco, que permite que lo esencial, tu creatividad, pueda patentizarse.
El orden es el modo, estilo, manera, costumbres, que manejaremos para concordar nuestro deseado encuentro —ir al cine, por ejemplo— y para conducirnos durante el encuentro. Luego, todo lo que suceda en el encuentro es aventura, espontaneidad pura. Aventura, gracias al orden.
Orden es a tal hora hay recreos en el colegio. Aventura, lo que suceda entre los niños durante el recreo.
Hay orden en la ciencia, hay orden en la religión, hay orden de composición y de combinación de colores, tonalidades, sombras, líneas en el mundo de las artes plásticas, hay orden en el aprendizaje de las teclas del piano.
Sobre ese orden se construye la aventura que es la creatividad, la fluencia de las potencias disidentes que hay en cada cual.
Frente al orden clásico compuso Schoenberg un nuevo orden, la revolución de su sistema dodecafónico. Sobre el orden clásico, produjeron los cubistas la revolución de sus delirios hermosos.
Pero hay algo que sigue conectando, a pesar de todas las rupturas con el pasado, a Dalí con Leonardo, a Leonardo con el Giotto, al Giotto con los que decoraron las cuevas de Altamira.
Eso permite justamente la continuidad y que se pueda hablar de arte como de algo transpersonal que incluye a todas las personas, géneros, subversiones y que, sin embargo, está más allá de ellas, porque todas ellas, aun en su mayor subversión y rebeldía, están sujetas a ese orden y lo usan, si lo usan, para lograr sus objetivos iconoclastas.
—Esos son los límites, hijo mío. En tu vida privada, en tus relaciones humanas, en el estudio, en el trabajo, en la calle, en tu casa, en el extranjero, con tu novia, con el hombre que viaja a tu lado en el colectivo.
Y ese orden termina siendo siempre orden moral, es decir constitución de unas costumbres (mores en latín significa costumbres, y de ahí el término “moral”) adoptadas por un grupo social, por un sector de la humanidad, en este caso nosotros, los de Occidente, y que refleja nuestras creencias, nuestros valores.
Incluso, cabe recordar, algo tan libre como la poesía necesita de un orden, de un sistema, como decía León Felipe:

“Sistema, poeta, sistema.
Empieza por contar las piedras,
luego contarás las estrellas.”