Todos somos jóvenes

Todos somos jóvenes

Este fue y sigue siendo el siglo de los jóvenes. Otro tipo de ser no hay. Se es menos joven o más joven, o no se es.
Prohibido prohibir, se escribió en mayo de 1968 en París. No se escribió, pero se supo y se sabe: prohibido no ser joven. En el medio caminaba su majestad el niño. Ese niño, a decir verdad, no creció más feliz ni alcanzó las alturas de la libertad que para él soñamos.
Creció en el vacío, sin límites, sin fronteras, sin carteles orientadores, sin sustento, sin apoyo. En consecuencia no creció.
Quisimos ser modernos, terminamos siendo nadie. “Nadie” es un ser difuso, desprovisto de una línea que demarque su identidad.
Los límites, lo que todos hemos perdido —nuestros hijos porque no los conocieron, nosotros porque nos desprendimos de ellos—, los límites son las coordenadas de los valores, de las creencias, de los modales, de las maneras y —en fin— de las reglas de la existencia y de la coexistencia. De la identidad. Por ellos uno es o puede llegar a ser “alguien”.
Vivir es vivir entre límites, en algún encuadre, entre horizontes. Dentro de ese espacio germina y se desarrolla la libertad.
Interpretamos mal: creíamos que la libertad se da. No es cierto: la libertad no se da, la libertad se toma, se arranca, se conquista, se logra, se esculpe, abatiendo esclavitudes, confrontándose con límites, aceptando unos, rechazando otros, pero usándolos como referentes en el camino.
Además la libertad es un medio, no un fin. Ahí la tienes, para hacer algo con ella, algo que tú elijas.
¿Y cómo se elige? Se elige entre opciones. Las opciones son los límites dentro de los cuales la libertad adquiere sentido, al rechazar unos y adoptar otros.
Es libre el que elige un proyecto de vida.