Yo soy yo y mis marcas famosas
Hay una extraña novela de los últimos tiempos, American Psycho se llama, sacudida de crímenes motivados por el sadismo del aburrimiento, pero que tiene la genialidad de construir a todos sus personajes a base de las marcas de las prendas que usan, de los nombres famosos de los lugares que visitan, de los restaurantes donde se alimentan, y así en todos los aspectos de la vida son ellos y sus marcas, los ilustres nombres que la sociedad de consumo consagra como los dioses de la actualidad.
La superioridad o inferioridad del status depende de esos dioses.
Les leo un párrafo sugestivo:
“Los tres, Todd Hamlin, George Reeves y yo, estamos sentados en el Harry’s, y son poco más de las seis. Hamlin lleva un traje de Lubiam, una camisa a rayas y cuello largo muy bonita de Burberry, una corbata de seda de Resikeio y un cinturón de Ralph Lauren. Reeves lleva un traje cruzado de seis botones de Christian Dior, una camisa de algodón, una corbata estampada de Claiborne, zapatos perforados con cordones de Alien Edmonds, un pañuelo de algodón en el bolsillo, probablemente de Brooks Brothers; unas gafas de sol de Lafont Paris… Yo llevo un traje de franela a rayas… todo de Patrick Aubert, una corbata de seda con
lunares de Bill Glass”.
Si se les quita todo eso que lucen, gastan, enfundan, sería como abrir una cebolla capa por capa. Al final, en el fondo, no hay nada.
Es el peligro de los que viven por y para el status. Cuando la nada sobrenada, aparece la angustia. Y luego hay que calmarla…
Nosotros y nuestros hijos nos criamos entre marcas, nombres, diosecillos que requieren constantemente ofrendas en sus altares.
Lo sé, no lo podemos evitar. No nos iremos del mundo. Ni tenemos las alas de Ícaro ni otras para escapar del laberinto.
El tema es que uno se diga:
—¡Hasta aquí! ¡Este es el límite! ¡En esto me someto, en aquello no!
Practica tú, colega madre, colega padre, los límites, y verás que tus hijos aprenderán a ejercer el sentido crítico.
Si no podemos modificar el mundo, ejercitemos la capacidad de enfrentarlo racionalmente tomando de él, como las abejas de las flores, aquello que nos da miel, y prescindiendo —paulatina, progresiva, lentamente, todo aprendizaje es lento, duro— de lo superfluo y falso.
Largo e intenso camino, lo sé, ¡pero vale la pena!










